Mientras Israel y Estados Unidos intensifican sus ataques contra Irán, los mercados mundiales del petróleo reaccionan con nerviosismo. Incluso antes de que se produjera una interrupción efectiva del suministro, los precios comenzaron a subir ante la sola posibilidad de que el estratégico Estrecho de Ormuz fuera cerrado.
Este estrecho corredor marítimo, ubicado entre Irán al norte y Omán y los Emiratos Árabes Unidos al sur, canaliza alrededor del 20% del petróleo comercializado en el mundo. Por esta vía se exporta una parte sustancial del crudo saudí, iraní y emiratí. En medio de la escalada reciente, un petrolero fue bombardeado y el tráfico se redujo drásticamente, alimentando temores en los mercados energéticos globales.
En el mundo del petróleo, la amenaza es suficiente para alterar los precios. A diferencia de muchas materias primas, el crudo no es solo un producto comercial: es un instrumento geopolítico. Cerca de tres cuartas partes de la población mundial vive en países que dependen de las importaciones de petróleo para el transporte y otras actividades esenciales. El control de sus flujos ha sido históricamente un mecanismo de presión política, desde los shocks petroleros de la década de 1970 hasta el recorte del suministro de gas ruso a Europa en 2022.
Medio siglo de poder petrolero
El peso político del petróleo quedó claro en 1973, cuando los principales productores de Medio Oriente impusieron un embargo que cuadruplicó los precios y provocó una recesión global. Desde entonces, la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP) ha coordinado la oferta para influir en el mercado y sostener precios elevados.
Hoy los mecanismos han evolucionado, pero la dependencia sigue intacta. Las sanciones contra productores clave como Irán y Venezuela ya habían reducido la oferta antes de la actual intervención militar estadounidense. Ahora, las tensiones en puntos de estrangulamiento como el Estrecho de Ormuz agregan una prima de riesgo a los precios.
Los mercados petroleros son prospectivos: no solo reaccionan a la oferta y demanda actuales, sino también a las expectativas futuras. Tras los recientes ataques contra Irán, el precio del Brent —referencia mundial— subió hasta los 79 dólares por barril, frente a los 68 dólares registrados pocas semanas antes. En un mercado globalizado, la inestabilidad en una región impacta en economías a miles de kilómetros.
En Australia ya se reportan largas filas en estaciones de servicio, con conductores intentando llenar sus tanques antes de posibles aumentos adicionales. El temor a la escasez es, en sí mismo, un catalizador de subidas de precios.
La vulnerabilidad de las economías dependientes
La situación pone en evidencia la fragilidad de países altamente dependientes de combustibles importados. Australia importa la mayor parte de sus combustibles refinados y tendría reservas de gasolina para aproximadamente un mes. En Francia, las autoridades señalaron en 2024 que las reservas de crudo representaban poco más de dos meses de consumo nacional.
Cuando el petróleo sube, el impacto se traslada rápidamente a los costos de transporte, alimentos e inflación general. En economías donde el transporte sigue siendo mayoritariamente dependiente de combustibles fósiles, el efecto es inmediato.
La actual crisis no es un hecho aislado. En 2015, India bloqueó las importaciones de petróleo hacia Nepal, provocando caos económico. Como respuesta, Nepal impulsó con rapidez la adopción de vehículos eléctricos, reduciendo gradualmente su dependencia del crudo.
Más recientemente, la guerra entre Rusia y Ucrania y las sanciones estadounidenses contra Venezuela e Irán han reforzado en muchos países la necesidad de fortalecer la seguridad energética nacional.
Cuba, Ucrania y el giro por necesidad
En Cuba, la reducción drástica del suministro petrolero derivada de la presión estadounidense ha provocado apagones frecuentes y paralización del transporte. Ante esta situación, el país ha multiplicado por 34 la importación de paneles solares chinos en el último año. No se trata de una decisión ideológica, sino de supervivencia económica. Las importaciones de vehículos eléctricos también están aumentando con rapidez.
Ucrania, por su parte, ha visto cómo Rusia ataca sistemáticamente su infraestructura energética. En respuesta, acelera la expansión de energías renovables descentralizadas, que resultan más difíciles de destruir. Un solo misil puede inutilizar una central térmica, pero se necesitarían decenas para desmantelar completamente un parque eólico.
Los sistemas descentralizados ofrecen mayor resiliencia: el daño en una instalación no provoca el colapso total de la red eléctrica. Esta lógica estratégica está redefiniendo la planificación energética en varios países.
El transporte eléctrico como pilar de seguridad
La electrificación del transporte es otro componente clave de esta transformación. Los vehículos eléctricos alimentados con electricidad producida localmente reducen la exposición a los mercados internacionales de petróleo.
Etiopía ha dado un paso audaz al prohibir la importación de nuevos vehículos con motor de combustión interna. China, aunque aún importa grandes volúmenes de crudo —una parte significativa desde Irán—, está avanzando rápidamente en la adopción de autos eléctricos. El año pasado, estos representaron el 50% de las ventas de vehículos nuevos en el país y el 12% del parque automotor total. Cada vez más, China destina el petróleo a la industria petroquímica en lugar del transporte.
Sin embargo, la transición no está exenta de riesgos. Las energías renovables también enfrentan desafíos geopolíticos: redes eléctricas vulnerables a ciberataques y cadenas de suministro concentradas en minerales críticos. Gran parte de la fabricación de paneles solares, baterías y vehículos eléctricos se concentra en China, lo que introduce nuevas dependencias estratégicas.
Una diferencia estructural clave
A pesar de estos riesgos, existe una diferencia fundamental. El petróleo es transportable, se comercializa globalmente y está concentrado en pocos países productores. En cambio, una vez instalados, los paneles solares y turbinas eólicas generan energía localmente sin necesidad de pasar por estrechos marítimos vulnerables como Ormuz.
La dependencia cambia de una necesidad constante de importar combustible a una dependencia inicial de manufactura e infraestructura. Esa transición reduce la capacidad de coerción basada en el control de rutas de suministro.
Más allá del clima: una cuestión de seguridad nacional
Durante décadas, el petróleo ha moldeado la política mundial precisamente por su naturaleza transportable y su comercio global. Reducir su consumo suele presentarse como una política climática, pero también es una estrategia de seguridad nacional.
La crisis actual en torno a Irán podría no provocar una subida sostenida de precios. La oferta podría ajustarse y los mercados estabilizarse. Sin embargo, el episodio vuelve a plantear una pregunta crucial: ¿es prudente depender de un recurso negociado globalmente y expuesto a conflictos en un mundo cada vez más inestable?
Para muchos gobiernos, la respuesta ya está tomando forma en planes de electrificación, energías renovables y reducción de importaciones. No se trata únicamente de combatir el cambio climático, sino de reforzar la resiliencia económica y limitar la influencia geopolítica derivada del control del petróleo.
En un contexto de tensiones crecientes, la política energética se convierte, cada vez más, en política de seguridad.
